Caminar por Francisco Sosa al amanecer sigue ofreciendo una tregua acústica que parece ajena al resto de la metrópoli. Sin embargo, conforme el día avanza, la piedra volcánica y los adoquines coloniales dejan de ser un paseo contemplativo para convertirse en una pista de obstáculos donde compiten mesas de cafetería, cables aéreos descolgados y raíces de fresnos que reclaman su propio suelo.
El frágil equilibrio de la traza virreinal
La traza que conecta los antiguos pueblos de Coyoacán y San Ángel nunca fue proyectada para absorber la carga de servicios que hoy exige el auge gastronómico. Cuando los establecimientos privados colocan vallas y mobiliario exterior sobre aceras que apenas alcanzan el metro y medio de ancho, expulsan al transeúnte directamente al arroyo vehicular, donde el tránsito pesado no concede margen de error.
Las asambleas vecinales han señalado en reiteradas ocasiones que la conservación no puede limitarse a pintar fachadas protegidas por normativas patrimoniales. Conservar un barrio histórico implica garantizar que sus habitantes de edad avanzada puedan recorrer tres cuadras seguidas sin tropezar ni verse obligados a sortear mamparas publicitarias.
Recuperar el derecho a la lentitud
La discusión de fondo no es contra la actividad comercial, sino sobre la jerarquía del espacio común en una alcaldía sometida a presiones inmobiliarias implacables. Si el sur pierde la escala humana de sus banquetas, pierde el atributo esencial que lo convirtió en refugio habitable frente a la vorágine urbana.